Recorridos por los monumentos de la villa

Además de paisaje, Ribadesella tiene hermosos edificios en su parte antigua, aunque en el casco de la villa ya no se conserva ninguno del siglo en el que se fundó el concejo (el último fue la iglesia vieja, del siglo XIII, destruida en la guerra civil) puesto que para hacer casas nuevas se fueron derribando las viejas, aunque respetando la parcelación medieval.

Casa de los ColladoCasa de los Collado. Siglo XVIII.

 

El casco antiguo de la villa es en realidad una especie de 7, cuyo “palo largo” era una calle larga, trazada siguiendo el borde inferior del monte que antaño lindaba directamente con la ría. Hay que tener en cuenta que hasta el ensanche decimonónico esta larga calle sólo tenía casas en una de las aceras, pues era una especie de muelle que miraba a la ría. A partir de La Atalaya comenzaba el “palo corto” del 7, una barriada llamada antaño La Aguda. Hoy puede seguirse este itinerario comenzando en el barrio del Portiellu, la antigua entrada de la villa, siguiendo por las calles Oscura e Infante, plaza de María Cristina, calle López Muñiz, plaza de la Iglesia, calle Fernández Juncos, plaza de la Atalaya, calle del Sol, plaza de Santa Ana, paseo de la Grúa y ermita de Guía.
Paseos de la Grua y de Santa Marina.

paseo Gruapaseo santa marina

 

Toda esta ruta tiene interés arquitectónico, bien por el sabor popular de los edificios del Portiellu, la calle Oscura y la calle Infante, o por el aire señorial de las partes más céntricas, cuyos edificios más notables corresponden a los siglos XVI, XVII y XVIII. El más antiguo es el Palacio de Prieto-Cutre, de mediados del XVI, con una fachada de sillares bien labrados y ornamentada con el escudo de los Prieto, dos lobos negros entre aspas. Está en la plaza de la reina María Cristina, en el centro de la villa, fue usado como alfolí de la sal y actualmente alberga al Ayuntamiento. El interior del edificio no ofrece mayor atractivo, salvo la vidriera del zaguán o los asientos de piedra de las ventanas, y el interés se concentra en su fachada, una joya del Renacimiento en la región. Es una obra de estilo plateresco avanzado, parca en decoración, con los huecos de la fachada dispuestos de forma asimétrica y de líneas puras que presagian ya el herreriano. Entre sus elementos decorativos hay que resaltar las gruesas dovelas de estilo isabelino del arco de la entrada, las ventanas saeteras abocinadas de la planta baja, la línea de impostas sobre la puerta, el alfiz o moldura decorativa del primer piso y las ventanas con molduras del segundo piso. Además del palacio de Prieto, tiene especial interés todo el conjunto de edificios con soportales de la actual calle López Muñiz -la antigua Calle de la Plaza-, entre los que destaca la Casa de Ardines, de fachada de buenos sillares, con un arco rebajado, balcones de antepechos con voladizo y con el escudo de armas de la familia, en la que no faltan las flores de lis y varias cabeza de moro degolladas. Perteneció a una ilustre familia de comerciantes, navegantes y militares, venida a menos tras la Guerra de la Independencia.
Detalle pinturas Iglesia parroquial.

pinturas iglesia


Otro conjunto porticado de gran interés es el de la plaza de la iglesia, la antigua Plaza Vieja, que conserva el sabor de cuando aún existía la iglesia anterior y a su vera se celebraba el mercado. La iglesia parroquial, del primer tercio del siglo XX, conserva en su interior las impresionantes pinturas de los hermanos Bernardo, Antonio y Tino Uría Aza (ver el capítulo “riosellanos ilustres”), además de un Nazareno de Víctor Hevia y los frisos del altar mayor, diseñados por Gerardo Zaragoza y ejecutados en piedra por el tallista riosellano Emilio del Valle Junco, el sacador de puntos preferido por los escultores de la época. En el último tramo de la calle Fernández Juncos hay varios edificios de bella factura, en especial la Casa de González Prieto, hoy Correos, en cuya restauración se han conservado los dos escudos familiares, y la Casa de Collado, presidida por un monumental escudo de armas del siglo XVIII sobre una airosa fachada de piedra. Perteneció a los Collado, otra poderosa estirpe de comerciantes y prestamistas, y en ella nacieron más tarde Darío de Regoyos y los tres hermanos Uría Aza. En la plaza de la Atalaya hay un bello conjunto de casonas tradicionales, además de la Casa del Pixuecu y el Palacio de la Atalaya, construido a comienzos del siglo XX por el indiano Vicente Villar del Valle sobre el solar de la Alameda y la casa de Agustín Argüelles.
Ermita de Guía.

Ermita de Guía
El tramo de la villa que va desde La Atalaya hasta el paseo de la Grúa era conocido antiguamente como La Aguda, un barrio pesquero cuyo núcleo era el Puerto Chico, desaparecido tras los rellenos, y la Capilla de Santa Ana, del siglo XVIII y hoy restaurada, que pertenecía a la familia Armiñán. El Paseo de la Grúa se comenzó a construir a finales del siglo XVIII como camino de sirga, y a esa época pertenece la Rambla de la Barca, la Casa de la Barca y los cilindros de piedra para el atoaje. A mitad del paseo, entre las pocas acacias sobrevivientes, se encuentra La Fuentina, cuya iconografía tallada en piedra reproduce una Xana y dos osos mitológicos en homenaje a “La Fonte del Cay”, una exquisita obra literaria de Pepín de Pría dedicada a Ribadesella en 1927. Esa zona, con paneles explicativos, está dedicada a la Mitología Asturiana. Al final del paseo existe una amplia barbacana o rotonda construida hacia 1830, cuya función era la de auxiliar a los barcos que entraban a puerto. Es una obra hecha con grandes piedras labradas, todo un ejemplo de la sólida y bella ingeniería portuaria de la época. Ascendiendo por un sendero que arranca en ese mismo lugar, se llega a la Ermita de Nuestra Señora de Guía, una capilla renacentista de finales del siglo XVI, aunque reformada en 1892, que acoge a la patrona de los marineros. Al edificio le falta una nave, perdida probablemente en un desprendimiento, y su elemento mejor conservado es la magnífica portada sur, en la que aún se aprecia la obra original de cantería. Se alza sobre el montículo del Corveru, que tuvo desde el siglo XVI al XIX, junto a la capilla, una fortificación con una batería para la defensa del puerto. Los tres cañones que hoy se ven allí forman parte de la historia riosellana, pues fueron arrojados al mar por los franceses en su retirada de la villa en la guerra de la Independencia y restituidos a su emplazamiento original en 1999. Ermita y batería son hoy el mejor mirador para contemplar la villa, la ría, los montes, la playa, los acantilados y el mar Cantábrico.
Casa de los Ardines. Casco Histórico.

imagen Casa
Además del casco antiguo, la villa de Ribadesella tiene su interés por el trazado ortogonal y amplio del ensanche urbano, modelo del pensamiento ilustrado de su inspirador, el ingeniero Miguel de la Puente. El modernismo tiene un excelente ejemplo en el Hotel Marina, de 1912, y el racionalismo de los años 30 está bien expresado en la Lonja del Pescado, bien aireada e iluminada, con un diseño en el que se combinan las rectas, las curvas y los volúmenes. Fue diseñada por el arquitecto municipal Manuel García e inaugurada en 1936, en vísperas de la guerra civil.

En la playa hay excelentes ejemplos de palacetes de aire modernista o regional, levantados a comienzos del siglo XX por la colonia de veraneantes de las clases altas, que acreditan el papel pionero de Ribadesella en el turismo del norte español junto con Santander y San Sebastián. Los más emblemáticos son el Chalet de la Marquesa de Argüelles, proyectado en 1904 por Juan Álvarez de Mendoza y convertido en hotel en 1963, y Villa Rosario, diseñado por el arquitecto local José Quesada Espulgas en 1914 y también reconvertido hoy en hotel. Un arquitecto notable, Miguel García-Lomas Somoano, proyectó algunos de los mejores chalets de la playa, como los de Miguel Llano, Uría Aza, Pedro Pidal o Ignacio Herrero, mientras que Enrique Pfitz y Juan Miguel de la Guardia diseñaron respectivamente el Chalet Verde y el palacete de Piñán, hoy albergue juvenil.

© Copyright de todos los textos por el autor: José Antonio Silva Sastre